
Días pasados comentábamos que, a veces se cree que las personas mayores son pasivas, a tal punto que es así, como son calificados al jubilarse: pasivos. Casi si darnos cuenta, la sociedad toda, da un mandato: se espera que las personas mayores sean tranquilas, pacientes, agradecidas y que “cedan el lugar”.
La sociedad, los medios de comunicación, empiezan a decir palabras que se consideran referenciales, del adulto mayor y, que al hablar de ellos, en diferentes ámbitos, aparecen casi automáticamente: paz, tranquilidad, serenidad, descanso, sosiego, inconvenientes, vulnerabilidad, fragilidad, etc. Algunas de ellas puedan aparecer como palabras amables, cargadas de una cierta ternura, y seguramente muchas personas mayores encuentren en ellas parte de lo que desean para esta etapa de la vida. Pero en definitiva, son palabras casi silenciosas, que dibujan la imagen de una vida que finalmente ha dejado atrás las urgencias y se dispone a contemplar.
Hasta ahora no habría nada de malo en eso ya que, todos necesitamos, en algún momento, un poco de calma, pero, quizás el problema aparezca cuando esas palabras dejan de describir una posibilidad y comienzan a convertirse en una expectativa.
Pero cabe preguntarse si, al repetirlas una y otra vez, no terminamos construyendo una imagen demasiado estrecha de lo que significa envejecer.
Porque ¿quién dijo que envejecer significa necesariamente aquietarse? ¿Quién decidió que después de cierta edad debemos hablar más bajo, desear menos, arriesgar menos, protestar menos, cambiar menos?
Tal vez hemos construido una idea de la tercera edad demasiado ligada al descanso y demasiado poco ligada a la vida.
Quizás hemos aprendido a imaginar la vejez como un momento en el que la vida comienza a bajar el volumen. Como si después de determinados años correspondiera desacelerar, abandonar ciertas inquietudes, aceptar que algunas cosas “ya no son para uno” y ocupar, de alguna manera, un lugar más silencioso en la sociedad.
Sin embargo, la vida no necesariamente funciona de ese modo. Porque la vida, incluso cuando los años se acumulan, sigue siendo movimiento. Y ese movimiento no siempre es evidente.
Porque envejecer también puede ser fuerza. Puede ser dolor. Puede ser incertidumbre. Puede ser cambio. Y, sobre todo, puede ser la necesidad y, muchas veces la posibilidad, de reinventarse. Reinventarse en un mundo donde no hay para este grupo un espacio ni un interés definidos.
Existe una dimensión que generalmente se borra al hablar de la vejez, me refiero a la palabra deseo. Deseo de viajar, amar, aprender, crear, trabajar, cambiar, comenzar proyectos, de ser feliz. Deseo en general, parecería que después de cumplir esa edad que alguien entendió se era adulto mayor, ya no se desea nada más.
El adulto mayor está en movimiento constante
Una persona puede jubilarse y descubrir que tiene por delante preguntas que nunca se había formulado. Puede dejar un trabajo y comenzar otro proyecto. Puede volver a estudiar. Puede enamorarse. Puede viajar. Puede escribir, pintar, bailar, aprender un idioma o simplemente decidir que quiere hacer algo que durante décadas postergó.
También puede atravesar momentos difíciles. El envejecimiento trae consigo transformaciones que no siempre son sencillas de aceptar. El cuerpo cambia. Aparecen dolores y limitaciones. Se producen pérdidas. Mueren amigos, familiares, parejas, compañeros de generación. Cambian los vínculos y también cambia la relación con uno mismo.
Por eso resulta injusto pensar la tercera edad únicamente desde la serenidad.
Hay una fuerza particular en quien debe aprender a vivir con un cuerpo diferente al que conoció durante buena parte de su vida. Se deben de aprender nuevas maneras de habitar un cuerpo que hoy nos presenta desconocidas limitaciones y nuevos requerimientos.
Existe y está presente el dolor, no solamente físico. También están las pérdidas, las ausencias, los cambios de roles, la jubilación, la muerte de contemporáneos, la sensación de quedar fuera de determinados espacios.
Hay fortaleza en quien enfrenta esas ausencias y, aun así, encuentra razones para levantarse cada mañana y seguir adelante con las penas a cuestas.
Hay valentía en quien descubre que debe empezar cada nuevo día, con un propósito personal, único e intransferible. Y hay, también, una enorme capacidad de reinvención.
Hay una fuerza que pocas veces asociamos con la vejez. Una fuerza que no tiene necesariamente que ver con levantar peso, correr o conservar la juventud del cuerpo. Es otra fuerza. Más silenciosa. La de quien ha aprendido que la vida puede cambiar de un día para otro y, aun así, encuentra la manera de continuar. Quizás la experiencia de los años no nos vuelve invulnerables. Nos vuelve, en cambio, conocedores de nuestra vulnerabilidad.
Tal vez uno de los mayores desafíos de envejecer sea justamente ese: descubrir quiénes somos cuando algunas de las identidades que nos acompañaron durante años dejan de ocupar el centro. Durante mucho tiempo podemos haber sido profesionales, madres, padres, trabajadores, dirigentes, cuidadores, esposas, esposos. Cuando esas funciones cambian o desaparecen, aparece una pregunta profunda: ¿quién soy ahora y qué quiero hacer con el tiempo que tengo por delante?
No siempre tenemos una respuesta inmediata. Y quizás tampoco sea necesario tenerla. Reinventarse no significa convertirse en otra persona. A veces significa recuperar una parte de nosotros mismos que había quedado relegada. Volver a una pasión. Recuperar una amistad. Atreverse a decir que no. Aprender algo nuevo. Permitirse descansar sin sentir culpa. O simplemente reconocer que todavía existen deseos, proyectos y curiosidades.
También deberíamos revisar la manera en que la sociedad mira a las personas mayores. Cuando asociamos automáticamente la vejez con tranquilidad y retiro, podemos terminar esperando de ellas determinados comportamientos: que sean pacientes, que no protesten demasiado, que acepten los cambios, que cedan espacio, que comprendan que “ya les tocó”. Como si cumplir años implicara, además de sumar experiencia, perder el derecho a incomodarse, a disentir, a desear o a comenzar algo nuevo.
Pero una persona no deja de ser compleja porque envejece. Puede sentirse en paz y, al mismo tiempo, tener miedo. Puede ser serena y también rebelarse. Puede agradecer lo vivido y sentir dolor por lo perdido. Puede tener muchos años y conservar una enorme curiosidad por lo que todavía no conoce.
Quizás allí esté una de las claves para pensar una vejez más humana: dejar de verla solamente como una etapa de cierre y reconocerla también como una etapa de transformación.
No se trata de idealizar el envejecimiento ni de negar sus dificultades. Tampoco de imponer a las personas mayores la obligación de mantenerse eternamente activas, productivas o jóvenes. Eso sería reemplazar un mandato por otro. Se trata, sencillamente, de permitir que cada persona pueda vivir su edad de la manera que quiera y pueda.
Para algunos, envejecer será encontrar finalmente la tranquilidad que durante años buscaron. Para otros será comenzar un proyecto, cambiar de rumbo, enamorarse, viajar, crear nuevos vínculos, aprender o volver a empezar. Para muchos será una mezcla de todo eso: momentos de serenidad junto a momentos de dolor, pérdidas junto a descubrimientos, cansancio junto a nuevas fuerzas. Tal vez envejecer no consista en detenerse, sino en aprender otras formas de movimiento.
Porque hay movimientos que no necesitan velocidad. Hay cambios que suceden hacia adentro. Hay caminos que comienzan cuando otros parecen haber terminado.
Por todo esto, sería bueno revisar incluso el lenguaje con el que hablamos de las personas mayores.
Decimos que alguien “se retiró”, como si retirarse significara desaparecer del mundo. Decimos que alguien “ya cumplió su ciclo”, como si la vida pudiera dividirse en ciclos perfectamente cerrados. Hablamos de “los abuelos” y, sin darnos cuenta, muchas veces reducimos a una persona a un único vínculo familiar.
Pero antes de ser abuelo o abuela, antes de jubilarse, antes de cumplir sesenta, setenta u ochenta noventa, cien años, esa persona fue y, sigue siendo, alguien con una historia, una personalidad, contradicciones, deseos, frustraciones y proyectos,
La edad agrega capas. No borra las anteriores. Quizás por eso necesitamos una mirada menos condescendiente y más humana sobre la vejez.
No se trata de decir que las personas mayores son maravillosas por el simple hecho de ser mayores. Tampoco de convertirlas en héroes de la superación permanente.
Una persona mayor tiene derecho a estar cansada.
Tiene derecho a no querer hacer nada.
Tiene derecho a necesitar ayuda.
Tiene derecho a quejarse.
Tiene derecho a cambiar de opinión.
Y también tiene derecho a querer comenzar algo nuevo.
Esa libertad es importante porque, en ocasiones, el discurso de una “vejez activa” puede convertirse en otro mandato: hay que mantenerse joven, ocupado, saludable, productivo, actualizado. Como si envejecer fuera algo que debiéramos combatir. No.
Envejecer no es una enfermedad que haya que ocultar. Es una etapa de la vida.
Y como toda experiencia humana, merece ser vivida sin negar ninguna de sus partes.
Quizás debamos dejar de pensar en la vejez como una disminución y empezar a pensarla como una transformación.
No se trata de hacer lo mismo que antes.
Se trata de encontrar nuevas maneras.
Moverse de otra manera.
Amar de otra manera.
Trabajar de otra manera.
Cuidar de otra manera.
Disfrutar de otra manera.
Incluso descansar de otra manera.
Porque la vida no deja de ser valiosa cuando cambia su ritmo.
Y quizá la pregunta más interesante no sea qué dejamos de hacer cuando envejecemos, sino qué nuevas maneras de vivir somos capaces de descubrir cuando la vida nos invita a movernos de otra manera.
Un abrazo.-
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