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Envejecer no es sinónimo de imposibilidad

Compartimos con ustedes un cometario que nos hizo una de las compañeras del Taller y todas las reflexiones que en el grupo pequeño que conversamos se fueron detonando.

Por Taller Abrazando la Vida•24 de junio de 2026, 19:32•6 min de lectura
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Envejecer no es sinónimo de imposibilidad
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¨…Esta semana anterior, nos reunimos con un grupo de amigos y amigas que solemos encontrarnos dos o tres veces en el año, para compartir lindos momentos de intercambio de vivencias.   

Son encuentros muy agradables donde conversamos mucho al tiempo que también, comemos mucho. Sucede que, a algunos del grupo nos gusta cocinar y siempre tenemos algún menú para deleitarnos.

Dos de mis amigas, aún tienen vivas a su mamá. Una de esas madres, está muy cerca de cumplir los cien años, es una persona independiente, se vale por sí misma, toma decisiones. 

En cambio, la otra señora, a pesar de ser un poco menor, vive con su hija y la familia de ésta porque, necesita cuidados, es dependiente para algunas cosas cotidianas.

Pensamos: ¡qué dicha aún contar con el ser que nos trajo al mundo, la persona que decidió que naciéramos! 

 Reflexionando sobre este tema, nuestra compañera manifestaba que :

  • llegado el momento que no pueda valerme por mí misma, ¿quién sería la persona que me cuidaría como nadie en el mundo?  

Ella misma se respondía que obviamente, sería una madre la que haría eso, sin ninguna duda ni miramiento. Solo una madre sería capaz de cuidar, higienizar, alimentar a un hijo con un amor entregado e incondicional. 

Sucede que a esta altura de nuestras vidas solo algunos privilegiados tienen una madre capaz de cuidarlos, contenerlos y estar pendiente de ellos.

Una palabra trajo a otra de la mano y pensamos en otra compañera que cuidó años a un hijo de esa manera que todos desearíamos ser cuidados. El amor de una madre tiene una fuerza extraordinaria. Cuando un hijo permanece postrado durante años, como en el caso de nuestra compañera. ese amor se transforma en paciencia, dedicación y entereza. Día tras día, encuentra energía para cuidar, acompañar y aliviar el sufrimiento, incluso en medio del cansancio y las dificultades. Su cariño le permite ver más allá de la enfermedad, reconociendo siempre a la persona que ama. Así, cada gesto de cuidado se convierte en una expresión profunda de amor, capaz de sostener la esperanza y la dignidad durante el largo camino compartido.

Sabemos que llegados a esta etapa de nuestra vida, difícil será ser cuidados de esta manera pero…queremos confiar que nuestros hijos lo harán aunque, ellos están inmersos en sus vidas

 También surgió, compartir la realidad que en estos tiempos, cuando nos vamos haciendo mayores, nuestros hijos, pareciera que, quieren tomar las riendas de nuestras vidas. Se enojan cuando nos enfermamos. ¿Son nuestros hijos o se vuelven nuestros padres? 

Esta aseveración nos llevó a otras reflexiones. Es una situación bastante común y podría tener varias causas que creemos y muchas otras que desconocemos.

A medida que los padres envejecen, algunos hijos comienzan a asumir responsabilidades que antes tenían sus padres: gestionar citas médicas, ayudar con las finanzas, recordar medicaciones o tomar decisiones importantes. Ese cambio de roles puede llevarlos, consciente o inconscientemente, a adoptar una actitud más paternal. Sin embargo, cuando aparecen los retos, los reproches o el enojo frecuente, a menudo intervienen dos factores que creemos son los principales:

Dificultad para aceptar el envejecimiento: durante la infancia y gran parte de la vida, los padres suelen representar seguridad, fortaleza, protección y guía. Ver que envejecen, que se cansan más, que enferman o que necesitan ayuda rompe esa imagen que los hijos han llevado dentro durante años. Es como descubrir que quienes parecían invencibles también son vulnerables.

Además, el envejecimiento de los padres recuerda a los hijos varias cosas:

  • Que el tiempo pasa para todos, incluido para ellos mismos.

  • Que la pérdida y la muerte son parte de la vida.

  • Que algún día podrían tener que despedirse de las personas que más los han querido.

  • Que ahora les toca asumir responsabilidades que antes recaían en sus padres.

Por eso, detrás de algunas conductas impacientes o autoritarias puede haber miedo, tristeza o sensación de impotencia. A veces el hijo corrige constantemente a su padre o madre porque le cuesta aceptar que ya no puede hacer ciertas cosas como antes. Otras veces se enoja porque sufre al ver los cambios y no sabe cómo expresar ese dolor.

Aceptar el envejecimiento de los padres implica reconocer dos verdades al mismo tiempo: que siguen siendo nuestros padres y merecen respeto, pero también que son seres humanos que envejecen y pueden necesitar ayuda. Encontrar ese equilibrio no siempre es fácil. Paradójicamente, cuando los hijos logran aceptar esta etapa, suelen relacionarse con sus padres de una manera más serena: menos desde el control y más desde la comprensión, el acompañamiento y el cariño.

Confusión entre ayudar y controlar: Algunos hijos creen que, para proteger sus padres, deben decirles qué hacer, olvidando que siguen siendo adultos con dignidad y capacidad de decisión. Esta confusión nace, en parte, del miedo. El temor a que ocurra un accidente, a que la salud empeore o a no haber hecho lo suficiente puede llevar a los hijos a adoptar actitudes más directivas. Lo que para ellos representa preocupación y afecto, para los padres puede sentirse como una pérdida de autonomía, privacidad o dignidad.

Además, ayudar y controlar son conductas que a veces se parecen externamente. Recordarle a un padre que tome su medicación puede ser una ayuda; insistir constantemente, revisar sus movimientos o decidir por él sin consultarlo puede convertirse en control. La diferencia principal está en si se respeta la capacidad de la persona para elegir y participar en las decisiones que afectan su propia vida.

Mantener el equilibrio requiere reconocer que una persona mayor sigue siendo un adulto con derecho a decidir, incluso cuando necesita apoyo. La ayuda auténtica fortalece la autonomía y acompaña; el control la reemplaza. Cuando los hijos logran escuchar, dialogar y ofrecer apoyo sin imponerlo, la relación suele ser más respetuosa y satisfactoria para ambas partes.

Envejecer no convierte a una persona en alguien menos capaz de decidir sobre su propia vida. Los adultos mayores siguen siendo adultos, con la misma dignidad, los mismos derechos y el mismo valor que han tenido siempre. Que una persona camine más despacio, necesite ayuda en algunas tareas o tarde más en procesar información no significa que haya perdido su capacidad de pensar, sentir, elegir o expresar sus preferencias.

Es importante recordar que una persona mayor tiene derecho a:

  • Ser escuchada y tomada en serio.

  • Participar en las decisiones sobre su salud, su dinero y su vida cotidiana.

  • Cometer errores, igual que cualquier otro adulto.

  • Mantener su privacidad e independencia en la medida de sus posibilidades.

  • Ser tratada con cortesía, paciencia y consideración.

Una reflexión que suele ayudar es preguntar a los hijos: "¿Te gustaría que alguien decidiera por tí solo porque considera que sabe qué es lo mejor para ti?". La mayoría responderá que no. Entonces pueden comprender que sus padres sienten lo mismo.

Ayudar no significa sustituir a la persona. El verdadero cuidado consiste en ofrecer apoyo donde es necesario, pero respetando siempre la voluntad, la historia y la identidad de quien recibe esa ayuda. Los padres mayores no dejan de ser personas con derechos; simplemente son personas que han acumulado más años de vida y experiencia.

También puede expresarse con una frase breve y contundente:

"La edad puede limitar algunas capacidades, pero nunca disminuye la dignidad ni los derechos de una persona. Los adultos mayores necesitan apoyo cuando lo requieren, pero siempre merecen respeto, participación y autonomía."

Taller Abrazando la vida.

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