
Hay algo que empieza a volverse cada vez más frecuente y, al mismo tiempo, más preocupante: la facilidad con la que hoy cualquiera puede construirse una identidad de “medio de comunicación” sin cumplir con ninguna de las responsabilidades que eso implica. En San José apareció en estos días un ejemplo bastante claro. Una cuenta que nació como “Noticias Ciudad del Plata”, que en cuestión de semanas cambió su nombre a “La Trinchera”, y que desde entonces publica contenidos sin firma, sin responsables visibles y sin una vía mínima de contacto.
El dato no es menor. No hay detrás una redacción identificable, no hay un periodista que respalde lo que se dice, no hay siquiera un teléfono o correo al cual recurrir. Solo publicaciones. Solo afirmaciones. Solo una narrativa que, en muchos casos, aparece cargada de un tono marcadamente parcial.
Y ahí está el punto. Porque el problema no es que exista una nueva voz —siempre es saludable que haya más actores comunicando— sino la forma en que esa voz se presenta y opera. Cuando se habla desde el anonimato, cuando no hay firma, cuando no hay responsabilidad, lo que se diluye no es solo la calidad del contenido: se diluye la confianza.
En poco más de un mes de vida, con apenas unas decenas de publicaciones, este tipo de cuentas puede instalar temas, señalar personas y construir relatos que después circulan como si fueran información validada. Todo sin exponerse. Todo sin hacerse cargo. Todo sin pagar ningún costo.
Eso va exactamente en sentido contrario a lo que debería ser la práctica periodística. Informar no es simplemente publicar. Implica verificar, contextualizar, contrastar y, sobre todo, asumir lo que se dice. El periodismo no es neutral —nunca lo fue—, pero sí tiene reglas básicas que ordenan el juego. Y una de ellas es la responsabilidad.
Cuando esas reglas desaparecen, lo que queda es otra cosa. Un espacio que puede disfrazarse de medio, pero que en los hechos funciona con otra lógica. ¿Cuál? Es difícil saberlo con certeza, justamente porque no hay nadie que dé la cara. Pero el resultado es bastante claro: contenido sesgado, con tintes de amarillismo y con una orientación que parece más cercana a la intención de influir que a la de informar.
Y eso termina afectando a todos. Porque la confianza en los medios —ya de por sí frágil— no distingue entre quienes hacen las cosas bien y quienes no. Se erosiona de forma pareja. El lector, el oyente, el espectador, empiezan a mirar todo con la misma desconfianza. Y reconstruir eso lleva años.
Por eso no es un tema menor. No es una simple cuenta más en redes sociales. Es parte de un fenómeno más amplio, donde el anonimato se convierte en herramienta para incidir sin asumir responsabilidades. Donde cualquiera puede ocupar un lugar que no le corresponde, sin los mínimos estándares que la profesión exige.
Frente a eso, hay una barrera que sigue siendo clave: el criterio de la gente. Saber quién está detrás de lo que se consume. Entender que no todo lo que se presenta como información lo es. Y, sobre todo, no validar con la difusión aquello que no resiste el mínimo análisis.
Porque en definitiva, el periodismo —el de verdad— no se construye con nombres ingeniosos ni con placas llamativas. Se construye con tiempo, con trabajo y, fundamentalmente, con honestidad. Todo lo demás es otra cosa.
Y conviene empezar a llamarlo por su nombre.
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