Hace unos días en nuestro programa radial conversamos de un tema que nos dejó una sensación de gusto a poco. Hay palabras que un día dejamos de escuchar sin darnos cuenta. No hubo despedidas ni anuncios. Simplemente fueron desapareciendo de las conversaciones, como esas viejas fotografías que quedan olvidadas en un cajón. Y con ellas también se fueron costumbres, aromas, sabores y formas de vivir que marcaron a generaciones enteras.

¿Quién no recuerda cuando se iba al almacén del barrio con una bolsa de tela, cuando el pan se compraba recién horneado y el almacenero conocía el nombre de cada vecino? ¿O cuando las recetas se aprendían mirando las manos de la abuela, sin libros ni videos, solo con la experiencia transmitida de generación en generación?
También se fueron apagando palabras que antes eran parte del lenguaje cotidiano. Expresiones como "botija", "gurisada", "retobado", "cachivache", "cacharpas" todavía sobreviven en la memoria de muchos, pero cada vez son menos frecuentes en boca de los más jóvenes. Algunas fueron reemplazadas por términos modernos; otras, simplemente, dejaron de usarse.
En los barrios era común escuchar que alguien era un "cachivachero", porque guardaba de todo, o que un niño era un "botija", una palabra que todavía resiste en Uruguay, aunque ya no se escucha con la frecuencia de antes. La gurisada era el grupo de niños que generalmente se reunía en la vereda para jugar. También había quienes hablaban de los "berretines", esos gustos o caprichos que cada uno llevaba consigo.
Atrás en el tiempo quedó el tocadiscos, el equipo, donde sonaban aquellos discos de vinilo. La tecnología cambió tan rápido que hasta las palabras tuvieron que ponerse al día.
Otras palabras fueron desapareciendo porque desaparecieron las cosas que nombraban.
¿Quién pide hoy una "combinación" para hacer una llamada telefónica de larga distancia?
¿Quién habla del "rollo" de fotos si las imágenes viven ahora en la memoria del teléfono?
¿Quién espera al "canillita" para comprar el diario de la tarde?
Las palabras cambian porque la sociedad cambia. Es una evolución natural. Cada generación crea su propio lenguaje y adopta nuevas maneras de comunicarse. No hay nada malo en ello.
Pero de vez en cuando vale la pena rescatar esas palabras que nos acompañaron durante tantos años. Porque cada una lleva escondida una historia, una costumbre, una forma de hablar y hasta una manera de entender la vida.
Quizás la próxima vez que escuchemos a un adulto mayor decir "¡Qué macana!" o llamar "botija" a su nieto, descubramos que esas palabras no son viejas. Son pequeños tesoros que siguen manteniendo viva una parte de nuestra identidad.
Después de todo, mientras haya alguien que las pronuncie con cariño, nunca habrán desaparecido del todo.
Y qué decir de las tradiciones alrededor de la mesa, o en el lugar que estuviéramos, allí la Radio era la estrella, y brillaba cada mañana sintonizada en CW 41, en la voz de Carlos Lacava Berardi ¡Buenos días San José!. Y, más tarde era el Peluquero del Barrio
La radio cedió parte de su protagonismo cuando llegó a San José la televisión en blanco y negro, no me acuerdo en qué fecha pero capaz por el 58,59…
También fueron cambiando muchas de las costumbres en lo referente a la comida. Antes todo casi todo se hacía en nuestras casas.
La crema de leche preparada lentamente
el dulce de membrillo, de zapallo o de leche caseros siempre eran caseros.
los buñuelos de los días de lluvia, las tortas fritas compartidas en familia
las conservas hechas en verano para disfrutar durante el invierno. La salsa de tomate.
Las comidas eran sencillas, pero cargadas de afecto. Cada receta tenía una historia y cada sabor evocaba un momento vivido.
No se trata de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor. Cada época tiene sus virtudes y sus desafíos. Pero sí vale la pena detenerse un instante para rescatar aquello que nos dio identidad, aquello que construyó nuestros vínculos y que, de alguna manera, todavía vive en nuestros recuerdos.
Hubo un tiempo en que los barrios despertaban con sonidos que hoy ya no se escuchan. El sonido de los cascos de los caballos anunciaba la llegada del lechero. El de mi barrio era Martínez, cuando dejaba la leche en casa yo me subía al estribo de su carro y me bajaba a lo de Cobas. Las dos casas eran separadas por el Sanatorio. Toda una aventura. Luego dejaron de oírse los cascos de los caballos y se sentía el tintinear de las botellas anunciando, la llegada de la leche fresca.
Más tarde aparecía el afilador, recorriendo las calles con su inconfundible melodía, invitando a sacar cuchillos y tijeras para devolverles el filo. Eran personajes conocidos, casi parte de la familia, como el repartidor de soda o el panadero que saludaba por el nombre a cada vecino.
Otro personaje que era común ver en el barrio realizando su trabajo era el colchonero, porque hubo un tiempo en que, cuando un colchón se gastaba, nadie pensaba en tirarlo, solo se llamaba al colchonero.
Era un oficio paciente, artesanal y profundamente humano. El colchonero llegaba a la casa con unas pocas herramientas, una gran aguja curva, hilo resistente y la experiencia de muchos años. Abría cuidadosamente la funda del colchón y comenzaba una tarea que hoy parecería impensable: sacar la lana, el vellón o el algodón que había en su interior para limpiarlo, airearlo y devolverle el volumen perdido por el paso del tiempo.
Durante horas, el patio o la vereda se llenaban de copos blancos que el viento intentaba llevarse. Los niños mirábamos con curiosidad aquel trabajo y, muchas veces, terminábamos jugando entre los montones de lana mientras el colchonero sonreía y seguía con su tarea.
Después llegaba el momento de volver a rellenar el colchón, distribuyendo el material de manera uniforme. Finalmente, con una enorme aguja, cosía la funda y realizaba el característico capitoneado, esos puntos hundidos unidos por fuertes hilos que evitaban que el relleno se desplazara. El colchón parecía nuevo y estaba listo para seguir acompañando el descanso de la familia durante muchos años más.
Hoy cuesta imaginar que un colchón pudiera desarmarse, rellenarse y coserse nuevamente en el patio de una casa. Sin embargo, durante décadas fue algo tan natural como llamar al lechero o esperar al afilador.
Son esos pequeños oficios los que también construyeron la identidad de nuestros barrios. Personas que, con sus manos, su paciencia y su oficio, hacían posible una vida más sencilla y más cercana.
Quizás el colchonero ya no pase por nuestras calles. Pero sigue descansando, como tantos otros recuerdos, en ese lugar donde nunca envejecen las cosas importantes: la memoria.
De la misma manera que recuperar una palabra olvidada, cocinar una receta heredada o contarles a los más jóvenes cómo eran aquellas pequeñas costumbres sea una forma de mantener vivo ese patrimonio invisible que no aparece en los museos, pero que habita en la memoria colectiva.
Porque los pueblos no solo se construyen con edificios o monumentos. También se construyen con las palabras que pronuncian, los sabores que comparten y las tradiciones que deciden conservar.
Y mientras alguien siga recordándolas y contándolas, esas palabras y esas costumbres nunca desaparecerán del todo.
Un Abrazo.
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