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"Jubilarse no es dejar de vivir"

La etapa de la jubilación nos llega inexorablemente, no importa si a lo largo de nuestra etapa laboral pensamos en ella o creemos que es solamente para los más antiguos en el trabajo. Llega a veces silenciosa, no esperada o, deseada profundamente, pero, siempre, más acá o más allá nos enfrenta a un límite de años y edad necesarios, en ese momento ya somos los más antiguos en nuestro trabajo, los más experimentados.

Por Taller Abrazando la Vida•29 de julio de 2026, 19:41•7 min de lectura
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"Jubilarse no es dejar de vivir"
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La palabra jubilación tiene un origen muy interesante. Proviene del latín ¨iubilatio, que significa "grito de alegría", "júbilo" o "regocijo". A su vez, está relacionada con ¨iubilare¨, que significa "alegrarse" o "lanzar exclamaciones de alegría".

Con el paso del tiempo, el término pasó a usarse para describir el momento en que una persona concluye su vida laboral activa y adquiere el derecho a una compensación económica. La idea original era que, tras años de trabajo, esa etapa debía representar un tiempo de descanso y disfrute.

Por eso, en su sentido más profundo, jubilación no significa dejar de vivir, sino entrar en una nueva etapa de la vida con mayor libertad para dedicar tiempo a proyectos personales, la familia, el aprendizaje, el ocio o el servicio a los demás.

Este momento feliz, muchas veces se ve opacado por las prioridades y roles que nos da la sociedad. Sucede que socialmente se identifica el valor de una persona con su productividad. Por años se transmite la idea de que "vales por lo que produces". Cuando alguien deja de trabajar, algunas personas concluyen, erróneamente, que ya no aporta. Es una visión que reduce a los seres humanos a su capacidad económica.

También al jubilarse la persona naturalmente, en la mayoría de los casos ya es o está en la línea de entrar en la Tercera Edad. Recordemos que esto sucede cumplidos los 65 años.

Lo paradójico es que la palabra "jubilación", como ya vimos significa alegría, júbilo, pero, con el tiempo, en muchos lugares se transformó en un símbolo de pérdida de estatus, poder adquisitivo o visibilidad social.

Entendemos que una sociedad que mide el valor de las personas solo por su capacidad de producir está olvidando que la experiencia, la memoria, la sabiduría y el afecto también construyen comunidad. Jubilarse no significa dejar de ser útil; significa haber cumplido una etapa de servicio y tener el derecho de vivir la siguiente con dignidad, reconocimiento y nuevos propósitos. La forma en que tratamos a nuestros jubilados revela quiénes somos hoy y cómo seremos tratados mañana.

Saliendo un poquito del tema se nos ocurre importante esta reflexión. Vivimos en una sociedad que ha aprendido a medir el valor de las personas por lo que producen. Desde niños nos preguntan qué queremos ser cuando seamos grandes, pero pocas veces nos preguntan quiénes queremos ser. Crecemos convencidos de que el trabajo, el rendimiento y el éxito económico son la medida de nuestra importancia.

Mientras una persona trabaja, produce y genera riqueza, recibe reconocimiento. Su tiempo parece valioso, su opinión es escuchada y su presencia es necesaria. Sin embargo, cuando llega la jubilación, ocurre un cambio silencioso. Para muchos deja de ser "el médico", "la maestra", "el carpintero", "el conductor", "la enfermera" o "el ingeniero". Comienza a ser simplemente "el jubilado".

Ese cambio de palabras parece pequeño, pero es enorme. La identidad construida durante décadas queda reducida a una condición administrativa. Es como si una vida de esfuerzo desapareciera el día en que se firma para jubilarse.

Las personas mayores siguen siendo portadoras de algo que ninguna máquina, ningún algoritmo y ninguna inteligencia artificial pueden fabricar: la experiencia de una vida. Han enfrentado crisis, pérdidas, cambios sociales, avances tecnológicos, éxitos y fracasos. Han aprendido lecciones que no aparecen en los libros y que solo el tiempo puede enseñar.

Quizá la verdadera grandeza de una sociedad no se mida por el tamaño de su economía ni por el desarrollo de su tecnología. Tal vez se mida por la forma en que trata a quienes ya entregaron lo mejor de sus años para construirla.

Porque todos aspiramos a llegar a viejos. Lo que todavía debemos decidir es si queremos llegar a una sociedad que nos descarte cuando dejemos de producir, o a una sociedad que nos siga reconociendo por lo que siempre fuimos: personas, mucho antes que trabajadores.

Creemos que este sería en camino, por lo que entendemos que: la jubilación pone fin a una jornada de trabajo, no a una vida llena de posibilidades. Quien se jubila no espera la muerte; merece tener tiempo para vivir de otra manera. Y, eso es además de deseado, respetable.

Por todo lo conversado, al jubilarse, a cada uno que lo ha vivido le llueven miles de sentimientos encontrados. Por un lado, asusta porque parece “el final de algo”. Pero en realidad la mirada debe ser “es el comienzo de otra cosa”.

En algún momento leímos que: Jubilarse es soltar el reloj y abrazar la vida.

Analicemos un poco esta frase. Durante gran parte de nuestra existencia vivimos pendientes del reloj. El despertador decide cuándo abrir los ojos. El horario de trabajo marca el ritmo del día. Miramos la hora para entrar, para salir, para almorzar, para llegar a una reunión, para cumplir plazos y responsabilidades. Sin darnos cuenta, dejamos que el reloj organice nuestra vida. Y, eso no está mal. El trabajo nos permite crecer, sostener a nuestras familias y contribuir a la sociedad. Pero llega un momento en el que el tiempo deja de ser una obligación y puede volver a ser un regalo.

Por eso afirmamos que jubilarse es soltar el reloj y abrazar la vida.

Soltar el reloj significa despertar porque el cuerpo descansó y no porque una alarma lo ordenó. Significa tomar un café sin mirar la hora. Caminar despacio. Leer un libro sin pensar que "se hace tarde". Conversar con un amigo sin estar calculando cuánto falta para la siguiente reunión. Es descubrir que hay mañanas que invitan a contemplar el amanecer y tardes que merecen sentarse en una plaza solo para ver jugar a los niños o escuchar el canto de los pájaros, no sería el caso de nuestra Plaza de los Treinta y Tres pero…..

Abrazar la vida también es recuperar pequeños placeres que durante años quedaron postergados.

Es aprender a tocar un instrumento a los setenta años.

Es plantar un árbol sabiendo que quizá otros disfrutarán de su sombra.

Es cocinar la receta que enseñó la abuela y reunir a la familia alrededor de una mesa.

Es volver a pintar, escribir, viajar, estudiar un idioma o simplemente sentarse a conversar con un nieto sin sentir que el tiempo apremia.

Hay quienes creen que la jubilación es dejar de hacer cosas. En realidad, puede ser la primera vez que una persona tiene la libertad de elegir qué hacer con su tiempo.

No se trata de vivir sin horarios. Se trata de vivir sin que los horarios gobiernen la existencia.

Después de décadas regalando nuestro tiempo al trabajo, la jubilación nos devuelve la posibilidad de regalárselo a la vida.

Y quizá ese sea el verdadero significado de jubilarse: comprender que el tiempo nunca fue nuestro enemigo. Solo estaba prestado. Ahora vuelve a nuestras manos para invertirlo en aquello que siempre tuvo valor y que tantas veces dejamos para "cuando hubiera tiempo".

Porque al final, la riqueza más grande no consiste en tener más años de vida, sino en tener más vida dentro de los años. Jubilarse no es esperar que pasen los días. Es descubrir, por fin, que cada día puede pertenecernos.

Somos dueños de levantarnos a la hora que queremos, podemos ser los últimos en irnos de una fiesta, o reunión. Podemos dormir siesta, tomar mates largos, charlas con los vecinos de cosas, para otros sin importancia. Podemos darnos el maravilloso lujo de no hacer nada. Aunque no hacer nada es siempre hacer algo ¿ o no?

Vivimos en una época que aplaude la prisa. Si alguien está siempre ocupado, parece importante. Si llena su agenda de reuniones, tareas y compromisos, sentimos que aprovecha el tiempo. En cambio, cuando alguien dice: "Hoy no hice nada", casi siempre lo expresa con culpa.

Pero ¿es verdad que no hizo nada?

Tal vez pasó la mañana mirando llover desde una ventana. Tal vez caminó sin rumbo por las calles. Tal vez escuchó el canto de los pájaros, recordó a un ser querido, contempló una puesta de sol o simplemente dejó descansar su cuerpo después de muchos años de esfuerzo.

¿Eso es no hacer nada?

No.

Eso es detenerse para vivir.

Hay acciones que no producen dinero, pero producen paz. Hay momentos que no aumentan la productividad, pero alimentan el alma.

Descansar es hacer algo.

Reflexionar es hacer algo.

Escuchar el silencio es hacer algo.

Compartir un mate, un café . un buen vaso de Coca Cola o una conversación sin mirar la hora, siempre es hacer algo.

Sonreírle a un nieto, abrazar a quien amamos o contemplar el mar sin otro propósito que estar allí... también es hacer algo.

Quizá hemos confundido actividad con sentido. No todo lo que llena el tiempo llena la vida.

No hacer nada, a veces, significa darse permiso para respirar sin prisa, para pensar sin interrupciones y para recordar que la existencia vale por sí misma.

Porque la vida no siempre nos pide producir. A veces solo nos pide estar presentes.

Y tal vez el mayor lujo que puede regalarnos la jubilación sea precisamente ese: descubrir que no todo momento necesita un objetivo para tener sentido.

Porque no hacer nada... muchas veces es hacer lo más importante: vivir

Esta reflexión conecta con una idea muy antigua. Los filósofos distinguían entre vivir para producir y vivir para contemplar. La contemplación: mirar, pensar, conversar, admirar la naturaleza, disfrutar de la compañía de otros, no era vista como una pérdida de tiempo, sino como una de las expresiones más profundas de una vida plena. Desde esa perspectiva, la jubilación puede ofrecer algo muy valioso: la posibilidad de recuperar un tiempo que durante años estuvo dedicado casi por completo a las obligaciones.

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