Este ha sido y seguirá siendo un mes muy intenso en cuanto a contenidos literarios pero esta realidad –y eso es lo que alienta- no es exclusiva de las fechas cercanas al 26 de mayo sino que de todo el año: en San José la tradición lectora es alimentada –de enero a diciembre- por los autores locales que siguen escribiendo; los que se animan a publicar (en su mayoría desde la autogestión); los concursos que promueven a los nuevos valores de las letras; los talleres literarios (presenciales y virtuales) que forman el gusto lector y enseñan escritura creativa a niños, jóvenes y adultos; los clubes de lectura que estimulan a conocer autores de aquí y de allá; las presentaciones y charlas libreras; “las sueltas de libros”; las bibliotecas y librerías que tienden puentes –semana a semana- entre lectores y escritores. Más que una fecha puntual, hay que celebrar que vivimos en una ciudad en la que los libros nos acompañan durante los 365 días del año.

Leer nos hace libres. Cuando leemos somos libres de ir donde queramos, con quien queramos y cuando queramos. Libres de ir al pasado o al futuro. Libres de ir al misterio o al romance; a la risa o al llanto; a la ficción o a la realidad; al más allá o al más acá. Libres de caminar todos los caminos. O volar si en una página nos crecen alas. Libres de vivir todas las vidas… O todas las muertes.
Los libros liberan nuestra imaginación, independencia de pensamiento y sensibilidad que son amenazadas por las prisiones de la rutina, los miedos y la ignorancia. “La libertad es una librería”, dijo alguna vez Joan Margarit y cuánta razón le cabe a este poeta español fallecido en 2021.
En un presente que se parece cada vez más a un “patio de cárcel”, los libros son la llave para fugarnos de tantos barrotes invisibles que nos rodean.
La buena noticia es que en San José sobran las vías para a escapar de todo aquello que hace peligrar nuestra libertad. Cada vez son más los espacios de estímulo lector. Es una tendencia que se percibe en la generación y constancia de contenidos literarios y en el interés que despiertan.
Por muchos vaticinios agoreros que hubo, hay y habrá, el libro y la libertad siguen estando ahí. Y en eso mucho tienen que ver los viejos y nuevos lectores y las instituciones (públicas o privadas) que cobijan y alientan su pasión por la lectura. Razones para seguir creyendo que es posible tener un pueblo más inteligente, sensible y comprometido con la esencia humana. Razones para sentirnos menos solos y confinados. Será por eso que algunos célebres lectores como Joaquín Sabina ven en ellos la más fiel expresión de la amistad: “el confinamiento no me da miedo porque tengo muchos libros. Ellos son los que acaban con la soledad. Hace muchísimos años que yo no estoy solo desde que aprendí a leer”.
Ayer se celebró, con presentaciones de libros en la Biblioteca Departamental, el Teatro Macció y el Espacio Cultural (la semana pasada hubo dos en el Instituto Cultural Español y el próximo sábado habrá otra en el Museo), el Día Nacional del Libro; sin embargo, esta intensa realidad –y eso es lo que motiva- no es exclusiva de las fechas cercanas al 26 de mayo sino que de todo el año: en nuestra ciudad la tradición lectora es alimentada –de enero a diciembre- por los autores locales que siguen escribiendo; los que se atreven a publicar (en su mayoría desde la autogestión); los concursos que promueven a los nuevos valores de las letras; los talleres literarios (presenciales y virtuales) que forman el gusto lector y enseñan escritura creativa a niños, jóvenes y adultos; los clubes de lectura que animan a conocer autores de aquí y de allá; las presentaciones y charlas libreras; “las sueltas de libros”; las bibliotecas y librerías que tienden puentes –semana a semana- entre lectores y escritores.
Más que una fecha puntual, hay que celebrar que vivimos en una comunidad donde los libros nos acompañan durante los 365 días del año. No son una moda de estación.
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